En sus años mozos surgió como un prodigio, ejecutando el piano desde su tierna niñez. Una vez una cantautora popular muy renombrada, invitada a insistencias de su familia, muy orgullosa de las aptitudes del niño, dijo que nunca había visto nada igual. Ejecutaba Beethoven como si nada a los 10, a los 12 ya componía sus propias melodías.
El problema comenzó en la pubertad. Alguna mala influencia le entregó un cassette regrabado de unos británicos locos, y le cambió la vida. El nene dejó el Conservatorio, se empezó a dejar el pelo largo y le exigía a sus padres que le compraran una guitarra. En la sombras de su adolescencia, renegando de un futuro brillante como concertista, emergió en la pequeña escena de su terruño, como emblema de su generación, para escándalo de todo el pueblo. Lo llamaban “El Prócer”, la primera línea de toda una camada de iluminados geniales que se animarían a seguir el sueño, inspirados por su refinada apariencia y su innata condición artística.
También era un gran cantante. Su voz, destinada a los cantos gregorianos, terminaba pregonando de forma bella los sueños e ideales de su tiempo, del realismo mágico de su tierra. Entre cervezas y bares, con una Strato roja siempre reluciente, un séquito de groupies y una mirada perdida. Arriba del escenario, una figura fulgurante, y abajo, un tipo afable. Al Prócer nunca se le caía ni la ceniza del cigarrillo, ni una frase matadora y cruda.
Pero la paciencia de los mandamases del pueblo llegaría a su límite. Las homilías lo señalaban como el responsable de la corrupción de la juventud, los políticos como un revoltoso, y finalmente, fue invitado a irse. Como despedida, solo un concierto en una plaza, donde, temerosos de represalias, solo asistieron cinco personas, contando indigentes. Pronto promotores extranjeros le ofrecían grandes contratos y conciertos multitudinarios en el exterior, con toda la parafernalia apropiada.
Los años pasaron demasiado rápido entre excesos, giras y galardones en el exterior. Affairs con celebridades, divorcios de costos millonarios y largas sesiones de rehabilitación. Cada escándalo se repetía como una carga de vergüenza en su pueblo, cada hit era pólvora entre los amantes de su música. Canciones que hablaban de (des)amores, de épicas, de esa cerveza, de motocicletas. De historias tenebrosas de pueblos, de mitos, y por supuesto, del sistema y del gobierno. Canciones que eran confesiones, canciones que eran declaraciones. No tenía miedo de cuestionar, en lo intocable de su posición, cosas que a otros le hubiesen costado muy caro.
Un día, sin embargo, al Prócer se le acabaron los cartuchos, y decidió volver a ese terruño que lo vio nacer, antes de retirarse. Donde hubo alguna vez una frondosa cabellera rubia, solo quedaba unas cuantas canas que se resistían a caer, sus manos sufrían de artrosis y temblaban como titiritando en el frío eterno de la vejez, su completa dentadura solo brillaba en piezas de oro, su voz, otrora aguda y melodiosa, ahora era ronca y seca. Había perdido familiares (quienes nunca le perdonaron su rebeldía), y amigos en la escalera del éxito. Sabía que no tendría otra oportunidad de tocar.
Con su leyenda a cuestas, el pueblo, que ya no era un pueblo sino una pujante ciudad, se encendió con su vuelta. Viejos rencores suscitaron con el hijo pródigo. Las homilías hablaban de su legado nefasto, la prensa rosa se hacía eco de todos los pormenores de su vida azarosa y desfilaban detractores y opinólogos objetando su legado y sus posturas.
Pero aun así, el Prócer quería hacer ese concierto en casa. Se consiguió una banda de jóvenes, idealistas, talentosos, enérgicos como él lo había sido alguna vez, y todo se preparó para esa última cita-
Poco quedaba de la plaza donde había tocado antes de partir, tantos años antes, más se empecinó en hacer su show en ese lugar. Toda la (mala) publicidad solo sirvió para que un hervidero de gente se aglomerara en las veredas, en las calles aledañas. Dos, tres, cuatro generaciones, de cassettes, cds, y mp3 compartidos como si fueran droga, finalmente tendrían su misa pagana en el máximo altar laico, el escenario.
La espera para verlo se hizo eterna, una, dos horas, con la banda calentando intentando hacer tiempo. Cuando los murmullos de desaprobación y desconcierto casi comenzaron una riña, se lo vio, con un bastón tambaleando al pulso errático de su muñeca, intentado llegar al micrófono. Los presentes, con la imagen grabada en sus cabezas de las fotos de los posters o las revistas que llegaban con años de atraso sobre él, casi exhalaron decepción al ver a la caricatura del hombre intentando entonar, desafinado, los hits del pasado. Tocando a destiempo los acordes, comenzando una y otra vez las canciones al olvidar la letra.
El punto culmine fue cuando, en un intento por llegar a una nota muy alta en la tercera canción, El Prócer se quedó sin aliento y cayó desplomado en el escenario. Donde se esperaría un griterío de desconcierto, solo se escuchó el ruido plano de su cuerpo al caer, amplificado por el cabezal del micrófono y su guitarra. El silencio sepulcral posterior admitía una crónica de muerte anunciada. En la estupefacción, algunos guardias y músicos lo levantaron mientras veían como el hilo de sangre debajo de su cabeza teñía de forma aún más viva a su Strato roja. El Prócer no tenía pulso. El mundo se detuvo. Los camilleros, ahora si desbordados por todo el mundo, lo condujeron a una ambulancia que lo esperaba. Hasta los paramédicos lloraban.
Fue en ese instante en el que inexplicablemente, El Prócer abrió los ojos, levantó el brazo y ordenó que detengan el cortejo. Le hicieron caso. La gente explotó en una ovación comparable a un gol en la final de un campeonato de fútbol al verlo bajar de la camilla, sin necesidad del bastón, con el paso bamboleante pero decidido hacia el escenario, mientras se frotaba la nuca en un gesto que era mezcla de dolor y sonrisa cómplice, dejando ver sus dientes de oro. Por más que los músicos, los médicos y la seguridad le insistieran en ir a un hospital, dijo que estaba bien y que no se perdería el concierto por nada del mundo, así que pidió que lo vendaran para volver a tocar.
El mismo se arrancó parte de la venda para limpiar a su Strato, mientras le traían un nuevo micrófono y cuerdas. Un minuto afinándola y el primer riff, uno muy conocido, uno que hizo que los viejos se sintieran de 20 años y los jóvenes se sintieran en los 70s, retumbó como una onda expansiva en toda la plaza, en toda la cuadra, en toda la ciudad. Hablaba de vuelta ese realismo mágico. Tomó el micrófono y ordenó a la banda que lo siguiese. Pero no podían. Era demasiado salvaje, demasiado rápido y limpio mientras sus dedos acariciaban las cuerdas que suspiraban sonidos, distorsiones, solos. Y no solo con los dedos, sino hasta con los dientes.
Su voz, que había sonado ronca, ahora amenazaba con romper ventanas. A paso seguro se movía por el pequeño escenario, mientras hacía corear a la gente (que cada vez era más y más y ya abarrotaban cuadras) hasta las partes rítmicas. Baladas de (des) amores, canciones largas, canciones cortas, himnos del rock and roll, motocicletas, alcohol, historias, mientras el viento arreciaba sobre su cabeza, y alguno podría haber dicho que de hecho, tenía mas pelo.
Los jóvenes organizaban ya el mosh, los viejos se abrazaban con sus hijos, la gente dejaba de quitar fotografías en sus smartphones para simplemente cantar, mirarse y mirar al espectáculo con sus propios ojos, en la retina de la memoria, en la realidad que sobrepasaba a la leyenda.
Hubo un bis, un amago de despedida, otra vuelta, a capella, otra, y otra más. Recorrió varias épocas y se dio el gusto de no solo tocar canciones conocidas sino también las de sus primeras andanzas. Al final de casi cuatro horas sin parar, El Prócer tomó una botella de cerveza, como en los viejos tiempos, y mientras resonaban los últimos acordes de la despedida, agradeció las muestras de cariño, brindó por todos los que estaban y sobre todo por los que no estaban, sonrió, y cayó, ahora definitivamente, con los ojos en blanco y en un grito ahogado, muerto, junto a su Strato roja, destrozada en pedazos.
Su funeral fue la cosa más triste que haya vivido la ciudad. La gente lo lloraba como si hubiera perdido a un familiar muy querido. Lo enterraron al día siguiente y se decretaron 5 días de duelo, que al final fueron como 15. Las homilías hablaban del talento de un hombre comprometido con su gente, los hijos de los políticos que lo habían exiliado hablaban de su insustituible aporte a la cultura, en los sets de televisión desfilaban celebrities hablando del hombre humilde detrás del rockstar.
Pero lo raro fue, que semanas después, el diario local develaba los detalles de la autopsia. La causa había sido. al parecer, un paro al corazón. Sin embargo, un dato agrandó a límites insospechados las historias sobre aquella jornada de comunión espiritual con la música. El Prócer había muerto casi cinco horas antes de que lo llevaran en la ambulancia, más o menos cuando recién había comenzado el concierto.




adshaw es una autora afamada en el mundo anglófono. Su producción se concentra en la ficción histórica, donde emprende incontables y atrapantes relatos en el escenario de la antigüedad clásica. Y no es para menos, puesto que ella tiene una formación en Estudios Clásicos. Pero también ha incursionado, aunque en menor medida, en la ciencia ficción y en la literatura infantil.









